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EL DUEÑO DE CHAPADMALAL

El Camino del Rider. Historias reales de un mundo ficticio

Por Sebastián Chacón

Foto: Lole Mairal

Chapa tiene nuevo dueño.

Martín Suárez Larrumbide lo tenía todo. Dinero, fama, mujeres y un mar con vista hacia su casita. Un verdadero hijo pródigo de San Isidro, un tipo que llegaba 15 minutos antes a la próxima moda. La única vez que llegó tarde fue porque sufrió un embotellamiento en la autopista de las tendencias, lugar donde se manejaba con magistral soltura.

La vida de Tincho no conocía de sobresaltos, aunque a decir verdad… En la navidad de 1986,  justo antes de tirarse por su chimenea, Papá Noel fue confundido con un sátiro y una ráfaga de ametralladoras, disparada por los custodios de su familia, dio por terminada la función navideña. Lógico que el hecho nunca trascendió debido a los excelentes contactos de Martín padre en la policía y en los medios. Eso fue lo más parecido a un disgusto en su vida.

A principios de 2018, Tincho tomó una decisión que casi le cuesta el saludo de toda su familia. Ese verano no iría a Punta del Este, su olfato lo acercaría hasta su próxima aventura. Varias veces en el club, había escuchado hablar de las bondades de un lugar de difícil pronunciación, alejado de las rutinas demoníacas de la modernidad y muy cerca de Mar del Plata. Ciudad vetada por su familia. Los Suárez Larrumbide no querían saber nada de rambla, churros, pulóveres ni molestos barquilleros surcando la arena a la hora de leer el último de Deepak Chopra. Al cabo de unos días aprendió a pronunciar Chapadmalal con la grandilocuencia de quien sabe llevar un auténtico Keepall de Louis Vuitton en su mano.

Los primeros días de ese año fueron raros para Tincho. Ninguna casa de Chapadmalal se parecía a la señorial chacra familiar ubicada  en el camino Ingeniero Sainz Martínez, en las afueras de José Ignacio. Todo era más modesto, más despojado. Lejos de entristecerse por las diferencias o de resignarse a una vida condenada al glamour en cuentagotas, se preguntó por qué no hacer de ese páramo, un verdadero tótem para los cultores del slow life… Esos que veía ir y venir en sus camionetas en busca de esa conexión tántrica urdida en una danza oceánica llamada surf.

-Martín, ésta tu oportunidad de reinventarte. ¡Dale con todo man! – se dijo mientras, apoyado en el capot de su Q3 Sportback a la vera de la ruta 11, contemplaba un caluroso fin de tarde. Y ese se convirtió en su momento favorito del día, pero no cualquier fin de tarde… El fin de tarde en Chapa era místico. Ni la pluma de Ernest Hemingway hubiese podido captar ese big bang de quién sabe qué cosa, pero que tan bien completaba ese nuevo templo de pies descalzos y gurúes del buen vivir.

Lo primero que hizo fue proyectar una serie de ideas en su Mac, era el momento de abrir la mente y no reprimir el torrente creativo. Los primeros 10 relampagueos del brainstorming fueron las siguientes:

1. Pista de aterrizaje privada.

2. Desarrollar Chapa Airlines (línea de aerotaxis exclusiva para surfistas con urgencias).

3. Construcción de pirámide de cristal de dimensiones bíblicas para la resurrección de animales.

4. Hoteles: Destrucción total de los mismos, en la zona se desarrollará un anfiteatro con sonido de alta definición, donde se pondrá en marcha el JackJohnsonPalloozza.

5. Implementar un sistema de tele peajes a la altura de Acantilados. Porque si de algo estaba convencido Tincho, era que Chapadmalal debía crecer y acercarse hasta el Faro, ya que semejante punto de referencia tenía un alto grado estético para su proyecto.

6. Censar a toda la población y deportar a todo aquel que no entre en el segmento ABC1.

7. Deportación inmediata de todo aquel que no viva en el presente de manera despojada y simple.

8. Declarar a Cerveza Corona como bebida oficial de todo el territorio chapadmalteco.

9. Emplazar una escuela de arte contemporáneo. Dos de yoga. Tres de guitarra acústica. Cuatro institutos de inglés. Cinco centros de residentes californianos. 6 Centros de formación de restauradores de camisas leñadoras y 7 plataformas multisensoriales para saber encender un fogón sin molestar a las estrellas.

10. Ser feliz con poco.

En un par de llamados organizó un almuerzo con el mandamás de turno. Un vecino de San Isidro, que por esas cuestiones de la política recaló en Mar del Plata; y que por sumar mayor cantidad de votos en las últimas elecciones terminó sentado en la esquina de Luro e Hipólito Yrigoyen manejando la botonera de la Capital Nacional del Surf.

Para Tincho, Mar del Plata era un apéndice de Chapadmalal, no le interesaba. Mientras que para el Sr. Intendente, Chapadmalal implicaba un gasto extra, por lo que las intenciones de Suárez Larrumbide le  cayeron a pedir de boca. En tiempos de austeridad, encontrar un socio que se haga cargo de potenciales focos ígneos en materia económica, era una verdadera bendición.

-Lo mío es muy concreto y beneficioso para los dos -, deslizó Suárez Larrumbide mientras saboreaba un elegante plato de arroz al horno con sofrito de tomate y calamar. –Me hago cargo de todo Chapadmalal por los próximos cincuenta años, con posibilidad de renovar por otros cincuenta de manera automática, una vez pasado el primer año de posesión-; no dudó en expresar sus condiciones con el entusiasmo singular de un fanático de los escualos durante la Semana del Tiburón en Nat Geo.

No se hable más. Lo único que te voy a pedir es que me dejes elegir el postre-, manifestó de manera férrea con su voz de trueno el encargado de regir los destinos de Mar del Plata. La firma del acuerdo se terminó de completar con un brindis y los respectivos saludos para cada una de las familias. Nuevamente gente de San Isidro cambiando el curso de la historia… También brindaron por eso.

Suárez Larrumbide Ingeniera, obviamente fue la empresa ganadora de la licitación. En un solemne fin de tarde, realizaron el tradicional corte de cinta, ese que separa el pasado del ahora. Futuro era una obviedad en la nueva Chapadmalal, un estado autónomo con el presente como único destino.

Lo cierto es que los días de Tincho transcurrían sin sobresaltos. Por primera vez en su vida experimentaba una comunión total con la naturaleza. Sentía que estaba alcanzando su mejor versión. A la hora de bajarse a la tierra, se comparaba con el Jay Kay de Travelling without Moving, una especie Fred Astaire llevando las 3 tiras al próximo nivel… Un encantador de masas.

Una mañana de surfing exigente, de esas reservadas para los súper héroes del mejor swell, Tincho se aventuró en su secret spot. Sin mayor compañía que su Bing de 10 pies, encaró en la más absoluta soledad, lo que prometía ser una sesión de dimensiones bíblicas. Porque si de algo estaba convencido, era que nada malo podía ocurrir.

La remada inicial sirvió para dar cuenta del poder del mar. Lejos de amedrentarse, metió los brazos con fuerza en cada remada. – Tengo que meterle a lo Mark Healey – se repetía como un mantra, mientras luchaba con las espumas que lo hacían retroceder como el más bravo pack de forwards de los All Blacks.

El cansancio disparó las primeras alarmas en Tincho. Cada minuto en el mar le pasaba factura, ya no podía mantener la cadencia y el ímpetu de las primeras remadas. Unas impetuosas ganas de devolver el desayuno lo distrajeron en el momento menos propicio. Dos metros bien plantados de pura ola chapadmalteca lo arrastraron hasta el fondo, no sin antes facturarle un golpe en la cabeza.

El reloj marcaba las 7:45 de una increíble mañana de marzo, una de esas que los marplatenses de puro salitre, como Ramiro Solís Arrieta saben disfrutar con una tabla bajo sus pies.

Martín Suarez Larrumbide flotaba inconsciente en el mar, al tiempo que Rama se calzaba su chaqueta Matuse, mientras calentaba las articulaciones al ritmo de One Hit to the Body de los Stones que sonaban en su cuenta de Spotify Premium. En el último campeonato se había ganado un Alcatel de última generación, después de varios intentos de venta decidió quedárselo. Sobre la etiqueta de la marca, escribió con una indeleble: Los Instagramers son los padres. Aunque parezca curioso, la perfecta caligrafía de Rama, dejaba suponer  un talento desaprovechado. Las olas siempre habían marcado sus días, el resto debería esperar para nuevas vidas.

Mientras parafinaba su Cino Magallanes 6’0’’, notó que algo flotaba en el mar. Agudizó la vista y vio un cuerpo flotando y a unos 50 metros el Bing cabeceando entre las olas. Un waterman como Rama no podía dejar a un hermano del agua librado a su suerte. Dejó la tabla y se mandó en crol, la propulsión perfecta entre brazos y piernas lo acercó rápido hasta el cuerpo de Tincho. Al llegar, no perdió tiempo. Ejecutó la maniobra a lo Zac Efron en la nueva versión de Baywatch y emprendió el viaje hacia la orilla.

Loco, hoy no es un buen día para morirse– gritó Rama ni bien acostó a Tincho en la arena. Las nociones básicas de RCP adquiridas en un inconcluso curso de guardavidas, le fueron de gran utilidad. Después de 43 compresiones, los ojos azules de Martín Suárez Larrumbide volvieron a ver el cielo de su tierra prometida.

Gracias,  me salvaste la vida man-; logró balbucear entre lágrimas el nuevo terrateniente de Chapadmalal. –Esto no es joda papu-; le respondió Rama, mientras se recuperaba de tamaño esfuerzo.

Soy Martín Suárez Larrumbide, dueño de Chapadmalal– se presentó el empresario devuelto a la vida. – Podés pedirme lo que quieras, hoy volví a nacer gracias a vos-.

Rama no podía creer su suerte. Toda una vida tras un sponsor que financie sus aventuras y a los casi 50 años, el destino le presentaba a su próximo mecenas. Rápido de reflejos, le pidió uno de los mejores lotes a orillas de la R11, donde levantar Rama’s House, el próximo destino para tu viaje de surf.

Además de acceder sin titubeos al pedido de Rama, Tincho lo condecoró con la MOCH (Máxima Órden Chapadmalteca) e instruyó a sus administrativos, girar el 45% de la recaudación (diaria y a perpetuidad) de los peajes al CBU de Rama, acción que puso punto final a su eterna vida de fin de mes.

Sin embargo, el éxito de Rama’s House traería aparejado nuevos rencores entre la comunidad de Mar del Plata, esa que siempre le había dado la espalda a Rama.

Hasta la próxima aventura.

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