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EL CAMINO DEL RIDER: RAMA, EL PAI SMOKE Y LA DESNUDEZ EN LA RUTA 11

Historias reales de un mundo ficticio

Por Sebastián Chacón

Corría abril de 1989, una de esas tardes en donde el verano no se resigna a abandonar el calendario, suave viento de tierra y el corderoy marplatense que se extendía a lo largo de las playas sureñas, esas mismas que eran visitadas por algunos pocos con tiempo libre y una tabla encerada siempre a mano… tipos de tiempo sin agujas, tipos sin ¿a qué hora volvés?, sin necesidad de leer los diarios para encajar en alguno de los engranajes de la sociedad, tipos como Rama, a los que nunca les daba tono de ocupado cada vez que el mar discaba su número. Serena presentaba un menú de derechas e izquierdas, esas que se dibujaban en la mente de nuestro héroe cada vez que subía al 221, no sin antes ensayar una buena excusa para persuadir al chofer en caso de no dejarlo subir con su amada Cristal Graffiti 6’4’’, ese martes no fue necesario, pagó su boleto y automáticamente se sintió como un capitán que pone proa al puerto donde sabe que la diversión espera por él y su tripulación.

El contexto de Argentina invitaba a estar informado, al menos para no quedar en medio de un paro de transporte, las camperas de cuero negra lideradas por Saúl vivían su momento de gloria, y ese martes, de manera sorpresiva, los micros de corta, media y larga distancia detuvieron sus motores hasta el día siguiente. Por suerte la medida encontró a Rama a puro cutback y floater en su paraíso privado, él y apenas dos surfers que habían llegado en una Estanciera tan desvencijada como el nivel de Surf que mostraron a lo largo de la sesión, surfearon para contarla. La tarde avanzaba y el mar mejoraba, el éxtasis de Rama alcanzó su punto máximo al notar que era el único en el spot eligiendo tal o cual ola, tomándose licencias que en su amado Yacht no serían bien vistas.

Lole Mairal y una foto del día que Rama conoció al Pai Smoke.

Lole Mairal y una foto del día que Rama conoció al Pai Smoke.

Con su alma mimada por el océano emprendió el regreso, se calzó su gastado Osh Kosh y el buzo Blue Hawaii amarillo huevo, ese que lo distinguía cada vez que iba de cacería a la salida del Stella Maris, subió el acantilado, no sin antes darle play a su walkman, estaba tan feliz que no se reprimiría… Never Gonna Give You Up de Rick Astley (artista que camuflaba en un supuesto cassete de The Cult para no ser tildado de blando por las huestes stoneras de Playa Grande) era la canción indicada para elevar su espíritu. Escuchó la canción una y otra vez mientras esperaba el colectivo que nunca llegó. Después de dos horas y con la noche encima, Rama no tuvo más remedio que empezar a caminar, la ruta once no era tan amigable cono solía serlo durante el verano, pocos autos en la traza y ningún automovilista lo suficientemente solidario como para levantar a nuestro héroe que con su pulgar en alto. La caminata se volvió la única salida.

Después de andar un buen tiempo, el cansancio le pasó factura, por momentos fantaseó con sacrificar la Cristal Graffiti al igual que Hendrix a su Fender Stratocaster en Monterrey en 1967, por suerte solo fue un mal flash producto del agotamiento, siguió su camino hasta que unas luces, unos sonidos guturales y el lamento de un gallo se filtró entre una arboleda, sin medir las consecuencias se adentró en su próxima aventura. Sigiloso y con pisar temeroso, se fue acercando hasta un fuego bien avivado por un tipo de impecable túnica blanca y cuello adornado por coloridos collares, la falta de parrilla en la escena fue suficiente para que Rama se diera cuenta que no se trataba de un parrillero errante en busca de nuevas experiencias. El tipo en cuestión era una especie de Pai Umbanda en pleno ritual de sacrificio, acto que se vio interrumpido por la estruendosa caída de Rama después de tropezarse con las raíces de un añoso árbol.

Sin fuerzas para las disculpas, Rama quedó inmóvil ante la presencia de este ser de luz, por un momento temió lo peor… – No temas hermano, soy el Hermano Smoke, líder espiritual de los Feligreses del Salitre –  se presentó el maestro de ceremonias.

-Soy Ramiro Solís Arrieta, surfer profesional – respondió con la voz entrecortada el pobre Rama, quien a esta altura de la noche lo único que deseaba era reescribir el final de ese martes y llegar sano y salvo a casa. Al cabo de unos minutos, Smoke invitó a acercarse al fuego a nuestro héroe, notó su cansancio y le convidó un poco de vino para acortar distancias, lógicamente aceptó el convite, no estaba en condiciones de negarse ante esta especie de deidad venida a menos. El correr del Mabec aflojó a Rama, al cabo de una hora estaba poniendo al tanto a Smoke de sus viajes, sueños, ambiciones, desamores, frustraciones y por supuesto, de los cutbacks de la tarde.

El Pai Smoke era Raúl Marlosafuti, un marplatense de esos que de estar tan cerca del diablo, cierto día cambió viejos vicios por nuevas virtudes… de esas que siempre se anuncian timbre de por medio cuando uno decide tomar una siesta, o cuando uno recién se bajó los pantalones en el baño. Raúl había encontrado la compatibilidad entre el Surf (cosa que practicaba bastante poco) y la religión en el gran gigante sudamericano, ahí logró encontrar su verdadero Ser… aunque traspasando su fina túnica blanca no era raro encontrar a un verdadero timador.

Rama entre el hambre y el vino se convirtió en un tipo vulnerable, Smoke rápidamente calculó cuánto le podría sacar a la Cristal Graffiti en el mercado negro, el estado de indefensión de nuestro héroe le facilitó el trabajo. Con total solemnidad sacó de su morral un brebaje viscoso que prometía a Rama lograr todo aquello que se proponga, y como el pobre Rama no tenía demasiado que perder no dudó en beber el néctar sanador y eso es lo último que recuerda.

La mañana del miércoles encontró a Rama  deambulando desnudo por la ruta 11, sin tabla, sin más indumentaria que unas viejas medias amarillas OP que le habían traído sus padres de un viaje a Aruba. Al cabo de unos minutos Rama terminó en un patrullero intentando explicar lo inexplicable. La pesadilla terminó a media tarde cuando sus padres lo fueron a buscar a la comisaría, ese mismo día Rama se declaró inocente y por supuesto, ateo.

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